Cuento de Martha Giménez Pastor
En la esquina de la escuela se
paró un vendedor ambulante con chupetines, globos, manzanas acarameladas, yoyo
y garrapiñadas. Los chicos lo rodearon y le compraron de todo. Javier buscó
monedas en su bolsillo. Una, solamente una tenía.
- ¿Cuánto cuesta este chupetín grande?
- Tres monedas - contestó el vendedor.
- Y ¿un yoyo?
- Bueno... te lo podría dejar en cinco
monedas...
- ¿No tiene nada que cueste una sola
moneda?
-
¿Una sola ? A ver... Sí. Este lápiz que nadie lo quiere. Te lo doy por
una sola moneda.
Y Javier se fue muy contento a la escuela
con el lápiz nuevo. En la hora de aritmética todas las cuentas le salieron bien
y en la hora de lengua no tuvo ninguna falta de ortografía.
- ¡Qué bárbaro! Todo bien..., este lápiz
debe ser mágico... -pensó Javier.
En la siguiente hora la señorita dijo: -
Niños, escriban en sus cuadernos "La vida de las plantas".
Pero Javier solo pudo llegar hasta
"plan". No pudo escribir "tas" porque el lápiz se plantó
con fuerza sobre el cuaderno y no se deslizó por más que Javier lo empujó con
fuerza.
- ¡Zas! Se descompuso. También... ¡costó
tan barato! - pensó Javier y se quedó mirándolo.
Entonces el lápiz se alargó un poquito y
Javier pestañó varias veces. Enseguida engordó un poquito y Javier abrió los
ojos todo lo que pudo. Después salió una ramita por un costado, por otro...
Javier abrió la boca, también lo más que pudo.
Y en las ramitas aparecieron hojas y junto
a las hojas, muchas flores blancas y perfumadas.
La señorita seguía hablando de las
plantas, desde las más chiquitas hasta las más grandes, y cuando llegó a decir
"los árboles..." el lápiz de Javier se llenó de frutos y unos
pajaritos cantaron entre sus hojas.
La señorita interrumpió la explicación y
se acercó hasta Javier y el árbol para decirle:
- Muy buena ilustración niño Javier, lo
aprovecharemos para hablar de los frutos.
Allí fue cuando todos los chicos hicieron
rondas alrededor del lápiz, y comieron manzanas maduras sentados sobre el pasto
que ya escondía los bancos.
De pronto, las láminas y el pizarrón
salieron volando por las ventanas y en sus lugares aparecieron cielos con nubes
y casitas con chimeneas y humo. A lo lejos, apareció galopando un jinete.
- ¡Hiiiiiiiimbr ! - relinchó el caballo y
la señorita se puso de pie diciendo:
- Bueno... Ha sonado el timbre del
recreo... ¿Vamos al patio, chicos?. Todos salieron, menos Javier, que se quedó
conversando con el hombre del caballo:
- El mismo... el mismo... - dijo el hombre
- ¿El que me vendió el lápiz por una sola
moneda?
- Sí, el mismo... ¿Querés pasear en mi
caballo?
Y galopando, galopando cruzaron el campo.

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